viernes, 24 de febrero de 2017

Innovación, jornadas científicas y carritos de bebé





Acaba de tener lugar #siapMadrid el último seminario de innovación en atención primaria que llevan coordinando Mercedes Pérez Fernández y Juan Gérvas desde hace años. Comparto unos apuntes del mismo al seguir considerando este evento como uno de los hitos fundamentales en mi formación continuada para la que es preciso una constante actualización en información médica, evidencia científica, reflexión pero también encuentro con otros profesionales y personas con trayectorias y visiones distintas de la mía. Lo habitual en el mundo sanitario son congresos o reuniones al uso dirigidas a un único perfil profesional habitualmente muy especializado. Son eventos que suelen contar con patrocinadores diversos y que se organizan con un formato muy cerrado.

El primer detalle a comentar es que el seminario de innovación ha sido siempre gratuito, no es necesaria cuota de inscripción. No hay patrocinadores económicos dado que la sala es cedida sin cobro y los 36 ponentes (19 mujeres y 17 varones;  5 estudiantes, 12 residentes, 1 farmacéutica, 2 enfermeras, 1 paciente y 15 médicos) y los 210 asistentes costearon de su bolsillo sus gastos de viaje y manutención.



El segundo detalle es la gran diversidad de asistentes, predominan médicos de familia pero hay muchas estudiantes, residentes y son bienvenidas las enfermeras, epidemiólogos, médicos con especialidad hospitalaria, pacientes, gestores... Se favorece la asistencia de niños pequeños y bebés en lo que me parece un cambio fundamental que sería fácilmente exportable a cualquier reunión de este tipo. En la sala había tres carritos y puedo asegurar que no dificultaron el desarrollo de las largas jornadas de trabajo.




El tercer punto a comentar es que se da más tiempo a las intervenciones del público que a las de los ponentes, que son breves (15 minutos exactos) y por pares (suelen intervenir un perfil junior y otro senior).

Se trató de longitudinalidad, una de las bases de la Atención Primaria que consiste en atender a lo largo del tiempo a las familias y pacientes que acuden al centro de salud. Un tema que se desgranó y reflexionó largamente en Internet durante los dos meses previos a la jornada.



Además de por el placer de aprender y encontrame con mucha gente que aprecio de verdad, asistir a este seminario me ayuda a mantener alta la capacidad de asombro y motivación. Hay muchas personas valiosas luchando para mejorar la forma de ejercer la medicina, proporcionar mejores cuidados y tratar bien a las personas en tiempo de enfermar. Sentir que uno no es un profesional aislado en la isla de una consulta solitaria sino que está unido a muchos más en una misma misión es algo que mantiene alta la moral.




jueves, 23 de febrero de 2017

Decálogo para fracasar estrepitósamente como paciente




La mayoría de las personas cuando tienen un problema de salud quieren tener éxito como pacientes y solucionar lo antes posible su problema. Pero hay un número nada desdeñable de casos en los que ocurre precisamente lo contrario. Personas que en el fondo no quieren mejorar y se empeñan en fracasar como pacientes. Otro grupo desea una solución mágica e instantánea a su problema y algunos más harán lo posible por obviar su parte de responsabilidad en el asunto. En cualquier caso para que una relación terapéutica funcione es necesario que exista un entendimiento y una confianza.

Mi colega Victor Amat reflexionaba con humor hace unos días sobre esto según su larga experiencia en psicoterapia y me da pie a  hacerlo propio desde la visión de un médico de familia de batalla.









1. Una de las formas más sencillas de fastidiar a un profesional sanitario es acudir a su consulta sin cita. Lo habitual es que su agenda esté a rebosar lo que convertirá tu visita en puro ardor de estómago

2. Al terminar tu consulta plantea otro problema de salud de tu madre, hijo, cuñada o pareja para los que no habrás pedido tampoco cita. Eso obliga a que el profesional tenga que hacer de administrativo y tarde unos minutos que no tiene en encontrar y citar al nuevo paciente lo que le retrasará y agobiará todavía más.

3. Acude a consulta con todos los motivos que se te ocurran y deja el más importante para el final, si es posible para cuando te estés levantando. Si has conseguido retrasar al médico con los suficientes problemas seguro que consigues que te dé respuesta cosida por los pelos al que más te importa.

4. No te creas jamás lo que el profesional te diga y argumenta que según tu vecina o tu cuñado las cosas son de otra manera. Puedes aportar datos extraídos de Internet o de tu programa de tertulia televisiva favorito, lo que sin duda hará que tu profesional sanitario eche humo por las orejas.

5. Por sistema no hagas caso de las recomendaciones o tratamientos que te propongan. Si es posible haz lo contrario y luego quéjate a viva voz en la sala de espera de la inutilidad del sistema sanitario o de la impericia manifiesta del profesional que te atiende. 

6. Cuando acompañes a un familiar o amigo a consulta haz el máximo esfuerzo en ser tú quien explique el problema y cuando le toque hablar al enfermo ponte a hacer gestos o muecas a su espalda negando o minimizando la versión de este.

7. No permitas que te hagan dudar de tu punto de vista del problema. Mantener una cerril visión de tu propio mundo te garantizará seguir hundido en la miseria.

8. Espera que el profesional sanitario sea tu amigo o te trate como un padre benefactor, al fin y al cabo es lo normal y tú te lo mereces. Para algo han hecho el juramento hipocrático que automáticamente los convierte en primos de la madre Teresa de Calcuta. Mientras más elevada sea la expectativa mejor garantizarás el fracaso.

9. Consulta por tu problema a cuantos más profesionales te puedas permitir y luego enumera lo que te ha dicho cada uno. Si es posible acude también a homeópatas, magos, arregla huesos o a esa vecina que hace terapias energéticas. Deja claro que no te fías de lo que te diga nadie pero sobre todo deja claro que dudas del médico.

10. A la hora de buscar solución a tus síntomas exige tratamientos rápidos y fulminantes, a ser posibles en formato pastilla. No hagas caso de las recomendaciones de cambio de estilo de vida ni a las propuestas de ajustar o cambiar las conductas o causas reales de tu problema.








Soy un defensor del uso del buen trato por parte de todo profesional sanitario a sus pacientes por ser una actitud beneficiosa para ambos. Que hagan lo mismo los pacientes con sus profesionales también lo creo verdad.

En la medida de sus posibilidades cuide a sus enfermeras, trabajadores sociales, médicas, psicólogos... Saldrá ganando.



miércoles, 22 de febrero de 2017

La importancia de pensar en los demás




Publico esta semana en el Huffington Post una reflexión sencilla pero revolucionaria. No es novedoso decir que pensar en los demás tiene una profunda base ética y filosófica presente en casi todas las tradiciones humanas. Lo cierto es que lo hacemos poco pese a que se está manifestando como decisivo para el futuro de la especie el pulso entre el pensamiento egocentrado y el ecocentrado, el que solo vela por el interés propio y el que busca el bien común.

Les dejo los siguientes apuntes a su consideración. 




PENSAR EN LOS DEMÁS.


Por muy altas que sean las motivaciones humanas suelen estar supeditadas a nuestra condición de sujetos de necesidad. Condición que compartimos con el resto de los seres vivos y que nos obliga, en virtud de los programas de supervivencia, a anteponer la satisfacción de la propia necesidad antes que la de los demás. Por muchas capas de justificación moral con que pintemos las acciones, estas se dirigirán a calmar la propia sed, al menos un instante antes que la del resto de la tribu.
La corrupción generalizada que afecta de un modo u otro a todas las instituciones humanas tiene esta base y me temo que no escapa de ella ninguna cultura, si bien es cierto que es posible minimizarla en aquellos casos en los que se consigue un alto nivel de satisfacción de las necesidades básicas generales.
Este modo de actuación basado en la necesidad es el sustento de la propia identidad en forma de ego que delimita un yo de un tu. El egocentramiento ha sido garantía de supervivencia durante eones dado que los que no lloraban no mamaban y terminaban siendo incompatibles con la vida.
Nuestro tiempo nos ha traído un nuevo reto, hijo del proceso de globalización e interconexión experimentado en las últimas décadas. El planeta se ha transformado en un ecosistema único que ha incorporado todos los sistemas menores existentes y en consecuencia a la totalidad de los actores dotándonos de una conexión al resto del sistema. Esta situación novedosa choca con el programa egocentrado que, con toda probabilidad en el caso humano, está optimizado para grupos que no excedan el número de Dumbar. Para colectividades mayores fueron necesarias enormes adaptaciones culturales que se fueron fraguando desde la revolución neolítica, que no se basó únicamente en el desarrollo de la agricultura, sino en el arte de conseguir convivir en grupos superiores a ciento cincuenta personas.
La revolución que ahora encaramos tiene que ver con la supervivencia. Es necesario cambiar las reglas para poder convivir en un grupo humano de un tamaño infinitamente mayor a los anteriores reinos, imperios y naciones. Un grupo que incluye a la totalidad de los siete mil cuatrocientos millones de humanos, a los que sumar el resto de seres vivos del planeta.
También necesitaremos contar con la ayuda de líderes que den ejemplo en este tránsito, personas capaces de anteponer el bien común al propio y que al hacerlo nos lo pongan un poco más fácil a los demás.
La alternativa consiste en conseguir un modo de pensar, sentir y actuar ecocentrado cuya prioridad máxima no sea la supervivencia propia sino la de la totalidad del grupo. La naturaleza nos propone ejemplos en las complejas colectividades de hormigas, termitas o abejas y en otros muchos casos. A nivel de ingeniería social harán falta herramientas que favorezcan la necesaria toma de conciencia y adaptación a un cambio del que dependerá la entera supervivencia de la especie. No es matemática, ni económica, ni ecológicamente posible mantener un ritmo de consumo de recursos basados en el beneficio de una colectividad inferior a la totalidad. El decrecimiento es el único camino posible antes de que crucemos el punto de no retorno que nos lleve más allá de la capacidad de adaptación del planeta. Para integrarlo necesitaremos reformular el valor del bien común y en consecuencia del bien propio. Aprender a escalar cada cual en el lugar que le corresponda, ajustando la propia escala de valores a una nueva forma de considerar al ser humano como una única familia y no como un conjunto de naciones con intereses contrapuestos.
Seguramente necesitemos rescatar el mensaje de unidad y fraternidad que todas las tradiciones culturales contienen dentro de los frágiles vasos de las religiones. Vasos que en una gran proporción han quebrado su exterior de ritos, dogmas y creencias al no poder competir con la visión científico racional de nuestro tiempo. El contenido de esas ánforas sigue manteniendo un enorme valor. Más allá de la capa de creencias hay un pozo de sabiduría, búsqueda y desarrollo de capacidades humanas que no sería inteligente desdeñar.
También necesitaremos contar con la ayuda de líderes que den ejemplo en este tránsito, personas capaces de anteponer el bien común al propio y que al hacerlo nos lo pongan un poco más fácil a los demás. Personas capaces de dialogar pacíficamente con las corrientes fundamentalistas, nacionalistas y populistas que se alcen para promover el bien de una comunidad frente a las demás. Que nos expliquen, de una forma que podamos comprender, que esas posiciones que quizá tuvieron un sentido histórico ya no lo tienen si nos planteamos una supervivencia que forzosamente tendrá que contar con la totalidad de la humanidad.
Finalmente, será necesaria una toma de conciencia global para la que quizá sirva la posibilidad de interconexión de la que disponemos. Necesitamos a los demás para sobrevivir, a todos los demás. Saberlo y sentirlo profundamente será el primer paso para encaminar nuestras acciones hacia ese necesario encuentro que no será sencillo para muchos.

viernes, 17 de febrero de 2017

Formas, mente y más allá


-seraphim 

Seraphin, foto de  Marilylle Soveran


 


Tal vez en un futuro lejano seamos capaces de entender el descomunal grado de magnitud de información que nos rodea. Nadados entre torbellinos gigantescos de datos, de números que danzan, de espirales que adoptan diferentes variables de energía, vibración, posición y momento. Nuestros sentidos lo interpretan como formas que seguidamente etiquetamos para poder hacernos una imagen inteligible del mundo. Aquí vemos una hoja, allí un camino, un poco más allá un grupo de árboles. Ahora oímos un murmullo de río, después unas risas de niños. Las infinitas formas que nos rodean son creaciones de la mente. Interpretaciones neurológicas de patrones de masa y energía a las que damos nombre.

La estructura mental más básica es la identidad, la facultad que diferencia al propio ser del resto del universo, la facultad que por ende permite la supervivencia al atender las necesidades básicas del ser y defenderlo del dolor y el peligro. Compartimos dicha facultad con moscas y gusanos cuyos diminutos sistemas neurológicos les animan a buscar el placer y a huir del dolor con la misión de crecer, desarrollarse y reproducirse.

Pero ¿qué pasaría con las formas si no hubiera mente? En buena lógica podríamos inferir que dejarían de ser formas por tanto no estarían separadas entre sí ni del ser sin mente que las mira. ¿Qué es lo que ve un recién nacido o un nonagenario con demencia de Alzheimer avanzada? Ven un universo continuo en el que no existe identidad que separe las formas ni a ellos mismos. No hay pues ego, ni autoconocimiento, no hay testigo, no hay dualidad. Si quieren un ejemplo más cercano consideremos la situación de apagar la mente que solemos hacer cada noche al dormir, o en las situaciones de intoxicación etílica o por otras drogas. La mente deja de funcionar y por lo tanto la percepción del mundo es diferente. Al dormir la mente pasa a modo sueño y funciona con otros parámetros. Un sueño puede recrear una situación virtual donde el soñador sea el protagonista que interacciona con un medio. Se crea una identidad onírica y unas formas oníricas con las que se narran tramas imaginarias o reproducidas de la memoria. En la intoxicación etílica el ser casi apaga casi completamente la identidad perdiendo parcialmente la facultad de reconocer formas y etiquetarlas.

Hay tradiciones espirituales como el Vedanta advaita y otras que promulgan la búsqueda de estados de no dualidad, donde el testigo contempla el mundo y a sí mismo como una misma cosa. Tratan de traspasar el velo mental que nos separa de la verdadera naturaleza de lo observado. Otras como la de los derviches giróvagos buscan la unión con el universo mediante la danza ritual que hace girar sin cesar al buscador. En otros caminos se utilizan hongos y sustancias alucinógenas que abren la mente de quien las consume a otro tipo de visión. Las más antiguas se ayudan de tambores y música repetitiva que intenta inducir un estado de trance que nubla la mente y permite observar aspectos mágicos y especiales del mundo.

Ir más allá de la mente ha sido una de las metas de la humanidad, uno de los principales viajes que se han acometido desde la noche de los tiempos. Necesitamos respuestas y en este lado de la percepción no las encontramos. El chamán primero y los sacerdotes y místicos después, se atrevieron a salir de sí mismos hacia otros mundos donde encontrar el necesario conocimiento que nos dotase de sentido. Los paradigmas religiosos, cosmológicos y antropológicos básicos surgieron de aquí. Los arquetipos que explicarían el mundo también.

Hoy sin embargo hemos entronizado a la ciencia como fuente suprema del conocimiento objetivo y miramos con recelo las alternativas antiguas de búsqueda subjetiva de respuestas. Hemos avanzado mucho en pensamiento racional al precio de dejar de lado los procesos irracionales que nos llevan acompañando desde que el mundo es mundo. Aunque si miramos bien no los hemos dejado de lado del todo. Un 25% de los enfermos sigue consultando con magos, homeópatas o terapeutas alternativos que no ofrecen tratamientos objetivos. Un gran porcentaje de ciudadanos sigue leyendo su horóscopo y buscando respuestas en astrólogos o echadores de cartas. Una gran mayoría sigue creyendo en dogmas e ideas que no tienen fundamento científico alguno y construyendo a partir de ellas sistemas morales que rigen su conducta.

No estamos tan lejos de aquellos ancestros anteriores a la revolución neolítica por mucho que nuestras ropas o casas parezcan más sofisticadas. Seguimos en mitad de un universo que entendemos parcialmente y que sigue albergando monstruos, dudas y grandes incertidumbres. Seguimos perdidos en mitad de una selva que se empeña en escondernos sus caminos. La luz de la ciencia nos permite ver un poquito mejor pero no es suficiente para el grado de sombra que la noche cierne alrededor. Durante mucho tiempo tendremos que seguir recurriendo a nuestra naturaleza híbrida racional e irracional, cortical y subcortical, objetiva y subjetiva. Habrá que seguir cruzando a la orilla misterios del mundo subjetivo, ese donde la mente no puede entrar, para encontrar las respuestas que nos ayuden a marcar el camino.

Mientras tanto habrá que seguir conviviendo con charlatanes y sabios, con brujos y científicos, con iluminados y poetas. No nos será sencillo distinguir el trigo de la paja dado que al haberse globalizado la humanidad convivirán inevitablemente tantos caminos como culturas y subculturas haya. El reto seguirá estando donde siempre, en el territorio personal interior, en ese mar que todos contemplamos por la noche y al que nos da pavor enfrentar con medios tan exiguos. Sin embargo sabemos que al otro lado hay vida, hay territorios, islas y tesoros. También que es arriesgado al podernos encontrar con infortunio y muerte. Ese miedo nos ha hecho delegar en otros el viaje, subcontratar un mago o una creencia que viaje por nosotros y nos traiga respuestas.
El dia en que cada cual acometa las suyas tal vez veamos surgir una nueva cultura que cambie para siempre el modo en el que vemos y comprendemos lo que nos rodea. 









viernes, 10 de febrero de 2017

Cerebros de diseño



Brains
Foto de Neil Conway




Lo que pensamos y sentimos que es la realidad no es más que el resultado de pasar el universo por el tamiz del cerebro, la apuesta que ha hecho el diseño natural para adaptar la materia viva al entorno particular de este planeta. Podríamos decir que dicho sistema de procesamiento no es más que un conjunto de filtros sensitivos por un lado y cognitivos por otro. Los primeros se especializan en filtrar determinadas ondas lumínicas que transforman en visión, ondas de presión atmosférica que transforman en sonido, químicos volátiles que serán olfato, químicos diluidos que serán gusto y temperatura y presión local que serán tacto. A nivel cognitivo nos manejamos con una serie de programas que manejan las anteriores sensaciones, utilizan un lenguaje verbal como código, una memoria y un sistema de producción de escenarios y alternativas. Pese a que aparentemente la variabilidad de la función cerebral parece infinita e individual como pudieran pensarse que son los rostros y características de cada ser humano, el patrón común es en todos predominante. Estamos determinados por los filtros biológicos y lo posteriores adquiridos que incorporamos al sistema. 

Vemos la vida del color de las gafas que usamos, en este caso cerebrales. Cuesta decir si sería posible otro diseño en nuestro medio dado que a lo largo de estos cientos de miles de años han desaparecido todas las alternativas y no tenemos con qué comparar. Lo que tenemos delante nos parece que es la realidad pero esta es mucho mayor de lo que podemos percibir. Tal vez algún día sea posible modificar los filtros sensoriales y ampliarlos, crear nuevos o anular alguno. Tal vez puedan crearse simuladores o interfaces que permitan acercarse a determinados ecosistemas actualmente vedados para nuestra biología. Imaginen moverse a sus anchas por la lava de un volcán o por el frío espacio de la estratosfera. Más aún, desplazarse por un cometa errante o flotar en un mundo gaseoso como Júpiter. Lo mismo con los filtros cognitivos, poder pensar con mayor poder de cálculo, con más capacidad de procesamiento de imágenes o con una memoria casi ilimitada. 

Tal vez el momento de acceder a estas posibilidades esté más cerca de lo que pensamos. De hecho ya está sucediendo de alguna manera dado que desde la prehistoria las herramientas que el hombre ha construido han ayudado a modificar su cerebro. En poco tiempo tendremos sistemas de realidad virtual más potentes y poco a poco la comunicación y el acceso de las máquinas al cerebro se irá mejorando hasta conseguir una interface cerebro máquina totalmente operativa. Estaremos entonces ante una singularidad dado que una nueva especie habrá sido creada con posibilidades inéditas. Entre ellas la de modificar los filtros cerebrales a su conveniencia y poder desarrollar nuevas propiedades y funciones. Este salto evolutivo tendrá sin duda enormes consecuencias para la especie homo sapiens que se verá abocada a desaparecer en pocas generaciones en beneficio de la recién llegada mucho más potente en todos los sentidos. No podemos saber si el homo transapiens será capaz de restablecer el equilibrio ecológico del planeta, misión que su antecesor no fue capaz de conseguir. Tampoco si sobrevivirá a los grandes cambios que el planeta experimentará en los próximos siglos. Lo cierto es que, de alguna manera, esta carrera por modificar y complejidad los sistemas cerebrales seguirá con o sin nosotros. Por eso me parece prudente recordar al sabio que hace milenios se dio cuenta de que todo a su alrededor era vanidad. Por mucho que uno corra llegamos todos al mismo sitio, de momento. Tal vez en unos años el destino sea susceptible de modificarse a la par que el cerebro que lo enfrenta.

En estos tiempos de crisis asistimos a un choque de trenes en el ámbito de los valores. Por un lado la generación de nuestros padres asiste desconcertada al ocaso de un tiempo que primaba la virtud, es esfuerzo y el servicio. Una época donde la moral cristiana que se vivía en Europa permitió la reconstrucción de esta tras las cenizas de las dos guerras mundiales, y las guerras civiles de España y la exYugoslavia. Por otro tenemos las nuevas generaciones crecidas bajo el imperio del mercado globalizado, que corona los valores del éxito, la prosperidad y la eficiencia. El rey dinero parece prevalecer sobradamente en el Olimpo de los dioses. De hecho las creencias en lo transcendente se han exiliado al ámbito privado de cada cual y solo parecen servir para calmar la conciencia individual. Poco se asoman a la vida pública, poco se transforman en acciones visibles. 

Cada cultura otorga un distinto valora a todo lo que existe. Estos constituyen la carta de navegación de dicha sociedad por el mar de la incertidumbre de la vida. Hay pueblos que minusvaloron el respeto al medio ambiente y en consecuencia desaparecieron. La Isla de Pascua es un ejemplo. Otros se asentaron en valores sólidos y aguantaron mil años. Pero ¿qué valores son mejores? esta pregunta no es fácil de responder, muchos filósofos han dedicado su vida a ello sin un claro desenlace esperanzador. Solemos construir la respuesta mezclando las preferencias grupales y familiares con las nuestras que construimos desde la infancia. Vamos dando valor a las cosas según las experimentamos. Esta interacción de lo externo con nuestra personalidad, carga genética y recuerdos termina destilando la carta personal de valores de cada cual. 

Tal vez lo más sencillo para reflexionar sobre ello sea pensar en qué valoramos más, ¿qué es lo más importante para ti? Si conseguimos averiguarlo será más fácil seguir construyendo.
El ser humano es capaz de llegar lejos si tiene esto claro, tenemos muchos ejemplos de virtuosos en la música, la ética, la guerra, la política y cualquier campo que elijamos. Personas tenaces que han tenido claro lo que querían sabiendo lo que valoraban de la vida. Personas que arriesgaron todo lo que tenían apostando a la casilla de su valor principal. 

La inteligencia ética sería la faceta interior que nos facilitaría esta visión del mundo de los valores y principios. Se suele desarrollar con la reflexión, el diálogo, el pensamiento y el discernimiento. También son ayudas las incontables palabras escritas de tantos filósofos y sabios que nos han regalado sus pensamientos y su ejemplo. Llama la atención que en la enseñanza secundaria haya desaparecido la asignatura de filosofía del programa, también que no exista nada semejante en la parrilla televisiva y que los libros al efecto cada vez ocupen menos en las librerías mientras crece la de autoayuda o la de gastronomía. 

Vivimos tiempos inciertos y es verdad que no hay muchos referentes públicos que ayuden a la sociedad a construir su mapa de valores. Lo habitual es encontrar a personajes peculiares o esperpénticos en tertulias de café que más bien parecen zafias peluquerías o bares mal hablados. No suelen invitar a sabios a los platós televisivos, salvo alguna excepción. Tampoco en las familias se visibiliza a los mayores que con el curriculum de una larga vida tal vez pudieran aportar sensatez a los más jóvenes. Ahora solemos dejarlos deteriorarse en residencias mientras corremos ávidos a nuestros mil quehaceres. Al no seguir una ruta clara terminamos en una tempestad de movimientos que nos obliga a caminar en círculos y no avanzar.

Como siempre suele pasar cuando la situación parece perdida viene bien recordar que en algún lugar hay una salida. En nuestro caso más cerca de lo que pensamos. Cada ser humano tiene una ficha de vida que colocar en la ruleta de la existencia. Tenemos la posibilidad de elegir. Merece la pena pensar bien que dirección tomar de las infinitas que nos ofrecen. Merece la pena discernir hacia dónde queremos ir. Nos jugamos la vida a la hora de elegir nuestros valores.



martes, 7 de febrero de 2017

La capacidad humanizadora del cuidado





Con el paso de los años vamos dándonos cuenta de que hay verbos que humanizan o deshumanizan. Según el uso que hagamos de ellos nos vamos convirtiendo en distintos tipos de personas. Los perfiles que por ejemplo gustan de conjugar verbos como ganar, medrar, ascender, conseguir, comprar, robar, acumular son muy distintos de los que hacen lo propio con escuchar, acompañar, servir, cantar, crear, compartir... Cada verbo que encarnamos con nuestras acciones nos termina modelando como un cincel, modificando nuestra forma externa e interna, nuestra manera de existir. Y los demás son testigos de ello, de esa evolución progresiva que nos va humanizando o destruyendo. Tal vez nosotros no sepamos por donde van los tiros, pero los que nos rodean se dan perfecta cuenta. Los discursos pueden engañar no así nuestras acciones.

Por estas razones me gusta mucho la palabra cuidado dado que cuidar es uno de esos verbos fantásticos capaces de llevar a plenitud nuestra humanidad. Fueron nuestros ancestros olvidados los que empezaron a darse cuenta del poder enorme que esconde el cuidado. Los que dejaron de abandonar a los ancianos de la tribu o comenzaron a enterrar y honrar a los que iban cayendo en el camino. Los que empezaron a aceptar lo diferente y buscaron formas nuevas de relacionarse con los seres animados e inanimados que les rodeaban. Para cuidar es menester tener delante un objeto o sujeto de cuidado. De niños comenzamos entrenándonos con los cuadernos del colegio, los zapatos o tal vez una pequeña tortuga. Poco a poco vamos descubriendo las sutilezas de cuidar a los que nos rodean y empezamos a saludar al bedel del instituto, a dar los buenos días al señor del quiosco de chuches o a agradecer con sinceridad los regalos que nos hacen. Aprendemos a pasar un rato extra con el familiar que esa semana cayó enfermo o damos un paseo con el abuelo que camina mucho más despacio que nosotros. Mientras más vulnerable es el sujeto de cuidado mayor es la amplitud de cuidado que surge. Es por eso por lo que tener un bebé cerca nos llena de solaz y nos asombra o por lo que estar cerca de una persona muy enferma, discapacitada o moribunda nos abruma. Podemos sentir emociones intensas que surgen de la posibilidad de vernos a nosotros mismos como ellos. Es por esto por lo que la palabra cuidar nos humaniza. Si somos capaces de traspasar las sensaciones, ideas o emociones que puedan surgir entraremos en un espacio que nos permitirá obrar el milagro de cuidar en vez del curso de acción más frecuente que es salir corriendo.

En una sociedad interconectada en la que cada vez dependemos de personas a las que no conocemos será cada vez más importante cuidar a los demás. Es la única forma posible de globalizar la humanización y no su contrario. Si queremos sobrevivir no podremos hacerlo activando hasta el extremo el gen cazador/depredador. Si el hombre es un lobo para el hombre terminaremos devastados. La simplicidad de la palabra cuidado tiene la capacidad de evitarlo consiguiendo que el hombre sea más humano con todo lo que le rodea.

viernes, 3 de febrero de 2017

Cuarenta y siete pacientes cada día





Creo que soy un médico razonablemente competente, atento y compasivo. Humano, débil, fácilmente vencible. A veces siento que no puedo aguantar tanta presión, que el sufrimiento que me ofrecen mis pacientes es demasiado grande para alguien tan pequeño. Por eso en lugar de añadir llanto permítanme regalarles mi agenda de ayer convertida en soneto.





Cuarenta y siete historias conforman el ardor que me acoge
Llamas de dolor rojo, angustia, miedo y un negro sentimiento
Esperan que mis manos algo alivien pero hoy camino lento
Mientras el fuego inflama estos pies que se traban y encogen.

Me fundo en un ovillo de burocracias grises, pantallas y ruido,
Entre lágrimas ocres, muecas de angustia y queja contenida,
En el licor amargo que me tienden para beber despacio:
El cetrino cáliz que los hombres destilan con sus gritos.

Termino la jornada chamuscado, terrible cefalea, muy contrito,
Con pasos cortos enfilo la salida, humillado, proscrito,
Sabedor del mal que me ha vencido: la pegajosa herrumbre del quejido.

Necesitaré lamerme las heridas, tomar un verde bebedizo,
Refugiarme en tus versos azules, recorrer muy despacio las calles
Y reclinar la faz en la almohada hasta que nos rescate el sol invicto.






Cuando tengan un día realmente malo les sugiero tres cosas:


1. Cuando se den cuenta de la catástrofe que viven dejen de darse caña y pasen al siguente punto.

2. Respiren

3. Conviertan su desazón en algo que no duela.


Lean a su autor favorito, escuchen música delicada, caminen lentamente por un parque.
Escriban un poema, tal vez dos. Si no les llega anoten las palabras que sientan por muy negras que sean.
Si tienen la oportunidad cuenten su caso. Si no hay interlocultor busquen al viento.

Y recuerden que tras toda tormenta, si se espera un poquito, viene la calma.



Les dejo con unos grandes maestros que seguro les inspiran.












viernes, 27 de enero de 2017

La mirada interior.



Reminiscencia
Foto de  Xabier.M





Si pudiéramos mirar la profundidad de nuestra alma como quien contempla un lejano paisaje conseguiríamos abrir un nuevo tiempo en nuestras vidas lleno de posibilidades increíbles. Pareciera que esto es imposible al estar nuestros sentidos orientados y calibrados para bregar con lo exterior pero tenemos pruebas de todo lo contrario. A nuestro alrededor abundan los ejemplos de quienes consiguieron hacerlo. Unos levantando enormes catedrales, otros componiendo música imprescindible, algunos escribiendo historias o agudas reflexiones, otros dando su vida a los demás. La mayoría de ellos de forma anónima y hoy olvidada, unos pocos firmando su obra con su nombre. En cualquier caso fueron muchos lo que lo intentaron. Aprendiendo un oficio, cuidando sus acciones o buscando en sus profundidades. Desde el comienzo de la historia tenemos testimonios de personas que han salido a buscar un sentido a su vida sea en la aventura o en el peregrinaje, en la misión o simplemente alejándose de lo conocido para descubrir nuevas perspectivas. A Santiago de Compostela siguen llegando miles de personas cada día. Gente que busca, que necesita salir de su cotidianidad para conocer algo más. 

Es posible mirarnos por dentro como quien mira un paisaje, basta con querer hacerlo y modificar el ángulo de nuestra mirada. Lo que vemos fuera remeda con precisión lo que hay dentro. Vemos montañas en calma y también rodeadas de nieblas o tormentas, vemos árboles verdes y también otros secos y agostados. Vemos ríos, praderas, rocallas y secarrales, jardines y desiertos, pueblos y despoblados. Conocer que albergamos el cielo y el infierno, lo liviano y lo denso, el oro y el plomo, nos permite caminar más ligeros, soltar cargas y ser mejores personas. Pocos medicamentos son superiores a este conocimiento a la hora de apaciguar el alma y dotarla de un sentido. Los que regresan de un largo viaje o una peregrinación lo saben. Hay muchos mundos, pero están en este. Con nosotros pasa exactamente lo mismo.