miércoles, 14 de abril de 2010

LAS DOS VISIONES EN MEDICINA

La medicina de Familia se distingue de la ejercida en el Hospital por muchas razones. Una de ellas es el conocimiento del médico de Familia de mucha "información blanda", datos de la vida, familia y entorno del paciente que los médicos de hospital desconocen. Esto permite que las cosas se vean de dos formas distintas.

¿Usted cúal prefiere?

Doy las gracias a la dr. Elena Fernández por la redacción del texto.



Caso clínico clásico

Varón de 72 años que demanda atención a domicilio por “heces negras”. Entre sus antecedentes:
hipertensión, dislipemia, ictus isquémico de la arteria cerebral media derecha en 2000, hemiplejia izquierda desde entonces, cáncer de próstata diagnosticado en 2000, infecciones urinarias de repetición en la última década y síndrome lacunar motor puro derecho en 2004. En tratamiento con clopidogrel y tamsulosina. Visita a domicilio de su médico de cabecera con un residente. Paciente estable, sin hallazgos de interés en la exploración. Se decide mantenerlo en casa, tratarlo con omeprazol, y solicitar una colonoscopia y análisis. Anemia en la analítica que se trata con hierro. No se realiza colonoscopia sino gastroscopia que lleva al diagnóstico de “gastritis crónica atrófica congestiva con úlceras bulbares Forrest III”.

Caso clínico cierto

Antonio Sendín nació hace 72 años en El Cuadrón, pueblo de la Sierra Norte, a 80 Km. de Madrid.

Está casado y tiene cuatro hijos (dos mujeres) y cinco nietas. Vive en una casa de su propiedad, con su esposa, en la primera planta, en una parcela con jardín privado. Cuenta con familiares y amigos en el pueblo, pero los hijos viven y trabajan en Madrid.

Fue ganadero hasta su jubilación en el año 2000. Tenía por costumbre y placer caminar por la sierra, montar a caballo, cultivar su huerto y la lectura de novelas y ensayos. En el pueblo tiene fama de buena persona culta.

Su vida cambió el primer día del mes de diciembre del año 2000, apenas unos meses después de su jubilación, cuando bruscamente comenzó a sentir pérdida de fuerza en el brazo derecho. Sus
familiares observaron dificultad para hablar y desviación de su boca hacia la izquierda. Acudieron a Urgencias del Hospital (La Paz) más cercano, a 90 Km., donde le ingresaron con el diagnóstico de accidente cerebrovascular. La mujer explica que tras los primeros días de estancia en el hospital el cuadro empeoró por progresión del infarto cerebral.

Quedó paralizada la mitad derecha de su cuerpo, motivo por el cual durante meses (casi un año)
realizó rehabilitación, en el hospital inicialmente y después fue dado de alta y continuó la
rehabilitación en su domicilio donde acudía a diario un fisioterapeuta. En la actualidad, agosto de
2008, el fisioterapeuta sigue viniendo, dos veces por semana, corriendo los gastos a cuenta del
paciente.

Durante el ingreso se realizó una biopsia de próstata ante un valor inesperadamente elevado de PSA.

El resultado de la anatomía patológica fue de neoplasia in situ. El paciente parece ignorar este
diagnóstico, o al menos nunca ha comentado o preguntado acerca del mismo. Empezó tratamiento con clopidogrel y tamsulosina.

Tras meses de rehabilitación, Antonio pudo volver a caminar con ayuda de un familiar pero persiste la hemiplejia y la parte derecha de su cuerpo (dice, “nunca volveré a ser lo que era”). En 2003 expresó “no me gusta que me vean así” y quiso mejorar por lo que fue derivado, a través del médico del pueblo, al centro de día de la Residencia de Ancianos de Robledillo, pueblo del entorno de El Cuadrón.

Esta incorporación demostró su deseo de mantenerse activo dentro de sus posibilidades y de
disminuir la carga de la enfermedad para la familia, a quienes cambió la vida también tras este
incidente. Cada día lo recogían por la mañana y volvía por la tarde. Dos años después, 2005, dejó de asistir porque “es deprimente, en el centro hay pacientes que se encuentran en peor situación que yo”. Estableció una excelente relación con la médico de la residencia, que conserva hoy en día.

Antonio parece no entender que su vida ha cambiado; rechaza la parálisis y sus consecuencias. Esa no-adaptación se traduce en un cuadro ansioso-depresivo que requiere tratamiento farmacológico, pero no responde al mismo. En 2006 sufrió un shock hipovolémico asociado al tratamiento con benzodiacepinas (lorazepam y alprazolam). Se intenta el tratamiento con mianserina que no tolera.

En diciembre de 2007, presenta un cuadro de agitación. Su médico de cabecera pauta haloperidol con lo que mejora. Es un nuevo médico, tras el concurso de traslado, incorporado en febrero de 2007; por esas casualidades de la vida este médico está casado con la médica de la Residencia de Ancianos de Robledillo, lo que facilitó mucho el establecimiento de una buena relación con el paciente.

Desde el ictus acude al domicilio una señora que ayuda a la esposa de Antonio a levantarlo por la
mañana y a ducharle. Durante el invierno Antonio duerme con su esposa en la cama del dormitorio de matrimonio pero en verano duerme en una habitación cuarto de estar con una cama individual que tiene un gran ventanal con vistas a la plaza del pueblo. Aunque este cambio también habrá afectado a la vida de la pareja y a su sexualidad, la cuestión no se ha tratado en ningún momento ni por el médico, ni por el paciente, ni por la esposa.

En ocasiones, se sienta en una silla a la puerta de casa, después de bajar con dificultad las escaleras, siempre ayudado por su mujer y/o sus hijos/yernos. Cada vez sale menos a pasear por las calles porque “no quiero que me vean así” y cuando lo hace va en silla de ruedas.

Los fines de semana, cuando vienen sus hijos y yernos, aprovechan para llevarlo a pasear en todo
terreno por la sierra y a disfrutar de comidas familiares en los restaurantes preferidos de Antonio.

Estas alegrías no le compensan, piensa que no merece la pena vivir así y manifiesta “estoy
desesperanzado” porque con el paso del tiempo no ha mejorado, no “he vuelto a ser el mismo de
antes”. Y al decirlo mira la parte derecha del cuerpo, levanta penosamente el brazo derecho con
ayuda del izquierdo y lo deja caer bruscamente.

El rechazo a su evolución, la no-aceptación de su situación, es lo que me llevó a conocer a Antonio
este verano, mientras hacía una rotación rural que incluía El Cuadrón. Una mañana de mediados del mes de julio, acudió su esposa a la consulta para recetas y comentó que le había salido una herida en la espalda y quería que le visitásemos. Antes de marcharse, explica que está algo más “agresivo” últimamente y con mayor actitud negativa.

Antonio estaba vestido, bien arreglado y sentado en el borde de la cama de la habitación con el
ventanal que mira a la plaza. Con su cabeza girada hacia la izquierda parecía mirar la actividad
exterior, como si intentase no mostrar atención ni a su parte derecha ni a nosotros. Primero
exploramos la espalda, para valorar la herida que nos había comentado su mujer, sin que
encontráramos de momento lesión evidente. Preguntamos sobre síntomas varios y sobre sus
sentimientos y sensaciones y respondió casi sin palabras, apenas encogiendo los hombros y
señalando su parte derecha. Reconoce estar más irascible por su situación. Después de una pobre
“escucha terapéutica” (casi nada que escuchar) y una muestra de empatía (mano en el hombro del paciente de su médico) se pauta de nuevo tratamiento con haloperidol. En esta entrevista su mujer, sentada en un extremo de la habitación aprovecha para repetir con monotonía, a cada momento, que “no tiene interés por nada”, “nada le interesa”, y para suspirar. Quizá traduzca el agotamiento de estos ocho años y quizá tampoco entienda esta situación. En el comedor, al escribir la receta, hay un rato para tratar de escuchar a la esposa, y para intentar apoyarla.

Apenas quince días después, por la tarde, una de las hijas contacta telefónicamente con su médico, el médico de El Cuadrón. Las heces de Antonio tenían un aspecto diferente hoy: muy pastosas, negruzcas y con olor intenso. Sólo había sido una defecación y Antonio se encontraba bien. El médico le visitaría al día al paciente y si surgía un empeoramiento en esas horas, deberían llevarlo a urgencias.

Al día siguiente visitamos a Antonio. Se encontraba tumbado en la cama del cuarto de estar.

Tenía buen aspecto, se encontraba bien y no había signos ni síntomas de hipovolemia. Al paciente parecía no preocuparle este nuevo acontecimiento. Su mujer por el contrario no lo expresaba así; le parecía preocupante, y aprovechaba para repasar en voz alta todo lo vivido desde aquel mes de diciembre de 2000.

Tras explorar al paciente y confirmar con el tacto rectal el episodio de melena, se explicó a la familia (estaban acompañados por una de sus hijas) que debía realizarse una colonoscopia para intentar aclarar el origen de la hemorragia y una analítica de sangre para comprobar la cantidad perdida.

Después (en el momento no lo pensó), el médico del pueblo llamó por teléfono para recomendar
tratamiento con omeprazol por la sospecha de gastritis erosiva por clopidogrel. El análisis se hizo al día siguiente (la familia llevó a Antonio al centro de salud, distante 15 Km., para hacerle la
extracción) y los resultados llegaron el mismo día. Se observó anemia moderada y se inició
tratamiento con hierro. Quedaba pendiente de realizar la colonoscopia. La esposa estaba preocupada por si se trataba de un proceso maligno lo que permitiría descartar la colonoscopia.

La solicitud telefónica llevó a una cita a los tres meses, pero una de las hijas se pasó directamente por el servicio correspondiente en el Hospital La Paz (con una nota explicativa del médico del pueblo) y lo citaron a los quince días.

Realizamos una última visita a Antonio para reconocerlo y entrevistarlo a fondo, mientras su médico revisaba la historia y hablaba con su esposa. Ese día estaba sentado a la puerta de su casa y le pedimos si no le importaba subir a la habitación. Fui presente de la convivencia familiar, del esfuerzo en el subir las escaleras y en el camino por el pasillo hasta la habitación, de la resistencia de Antonio a ser ayudado aunque fuera por necesidad, de la reacción de su mujer,…

Antonio tumbado en la cama y yo sentada enfrente, a poca distancia. Aprovecho para escucharle
acerca de su vida. Su infancia, su familia, su trabajo, su pueblo, sus aficiones,… y su enfermedad.

Frases entrecortadas con miradas detenidas en la ventana. Ventana como símbolo de puerta que se abre a la vida, vida con movimiento: lo que no tiene Antonio. Me transmite y me cuenta su tristeza por no poder salir a la calle, por no poder montar a caballo, por no poder leer (porque se le olvidan las cosas),… Mira a su lado derecho y encoje los hombros. Me emociono al escucharle.

No tiene sentido vivir así porque él ve que los días pasan y no hay mejoría; creía y tenía esperanza en que con la rehabilitación recuperaría su movilidad… Piensa que es una carga para su mujer, sus hijos y yernos y sus nietas. Ellos no pueden hacer nada para solucionar su situación, me explica.

Silencio. Le cojo su mano derecha y ese contacto es correspondido con un ligero y tímido apretón de manos por parte de Antonio. Silencio.

En la Unidad de Endoscopias deciden hacer gastroscopia y no colonoscopia, como se había solicitado.

Encuentran una gastritis crónica atrófica congestiva, y dos úlceras bulbares Forrest III. Se mantiene el tratamiento con clopidogrel y omeprazol.

Un mes después, con motivo de una gastroenteritis en fin de semana, la familia lleva a Antonio a
urgencias hospitalarias. Sin ingreso, vuelve con sonda urinaria. En la visita para quitar la sonda,
Antonio aprovecha un momento de ausencia de la mujer para pedir formalmente al médico del pueblo eutanasia. La mujer desde el pasillo dice “si hace eso el médico irá a la cárcel”.

2 comentarios:

Susana dijo...

Buenas, más que cierto es humano, un apretón de mano, un abrazo, tan difícil nos resulta ofrecer humanidad? De qué tenemos miedo? Resistencia a la cercanía? Punset dijo hace poco : La felicidad es la ausencia de miedo...
saludos y gracias por dar una visión más humana de la medicina.

Ana di Zacco dijo...

Me ha recordado de nuevo el "escuchatorio" de Maglio.
¿Es casualidad, azar, estadística o algo más, que todo ese historial comenzara justo tras jubilarse? ¿No podría ser que estuviéramos obcecados en pensar que es una edad "normal" para desarrollar achaques -que no digo que no puedan confluir ambas causas- e ignoremos su impacto emocional y psicológico al dejar de creernos ser "útiles"?
Gracias por tus interesantes aportes!