sábado, 17 de agosto de 2013

Intemperie sanitaria



Vivir a la intemperie es desabrido. Podemos salir, trabajar, pasear, buscarnos la vida, pero luego nos es necesario volver, guarecernos, apartarnos de ella. Incluso un sabio como Diógenes  eligió un tonel como vivienda mínima. Ser un sin techo en una ciudad es una desgracia, serlo en un páramo inhóspito puede ser mortal. La intemperie se rige por reglas estrictas que si son incumplidas se castigan con rigor. Pero hay muchos tipos de intemperie. Jesús Carrasco lo explícita en su novela de éxito. La del llano ardiente, la de los sentimientos, la de la iniquidad... Todas nos condenan al infierno si no se saben manejar. El ser humano siempre ha tratado de escapar de ellas con exiguo éxito. Es el corazón de la tragedia, esta termina atrapando a los héroes. La sociedad occidental trata de levantar enormes muros para protegerse en un esfuerzo inútil. La mayor intemperie la llevamos por dentro, el secarral del alma nos pertenece por entero, como la sombra y nuestros sueños. Pese a las protecciones una de las fuerzas de la vida que nos deja en descampado sigue siendo la enfermedad. Da igual que construyamos enormes hospitales, máquinas de cobalto o resonancias magnéticas para exorcisarla, cuando llega nos deja desnudos frente a nosotros mismos. Una simple gripe irrumpe en nuestra vida como un elefante en una cacharrería, si el diagnóstico es más grave el impacto es terrible. La tecnología no nos salvará, tampoco el orgullo. Sólo cabe esperar  salir lo antes posible del embrollo, tal vez encontrando a alguien que conozca el terreno y se sepa manejar. En la dura y excelente obra de Carrasco se describe a un pastor que tiene este rol, en definitiva el mismo de los profesionales sanitarios, acompañar, cuidar, proteger y guiar, verbos de la primera conjugación imprescindibles en tiempo de enfermar. Ya podremos rodearnos de aparatos, chequeos o medicamentos maravillosos, si no nos proveen de esos cuatro verbos estaremos perdidos.