viernes, 16 de agosto de 2013

Relatos de verano: la caída



Caía por un enorme agujero de paredes resbaladizas. Hacía tiempo que había perdido el control y ya no hacía contacto con los bordes, la caída era libre, negra, oscura, angustiosa. Le había pasado antes. Siempre era igual. Se encontraba caminando fatigosamente por el sendero, cansado, agotado. Decidía refrescarse con las manzanas rojas que a cada trecho se podían encontrar al lado del camino, decidía olvidar la prohibición. Su médico se lo había dejado claro, él también lo sabía. Esas manzanas le mataban. Comió de nuevo y al instante se sintió más ligero, más fuerte, más poderoso. A la par comenzó a descender, al principio despacio, luego ya más ligero. El sendero de subida se transformó en una pista resbaladiza, cada vez bajaba más deprisa, más y más deprisa... hasta qué perdió pie y la caída se hizo incontrolable.

Amaneció en el hospital, con veinte kilos menos, muy mala cara y dolor en todo el cuerpo, sobre todo en el alma. Necesitó varias semanas para volver en sí. En esta ocasión el choque había sido monumental. Volvió a poner su resistencia al límite, volvió a inflamar sus maltrechas neuronas. Avanzaba despacio por el pasillo, vistiendo el pijama azul del hospital, arrastrando un poco los pies. Todavía no podía saber si tendría fuerzas de nuevo para volver a pasar consulta.