martes, 24 de septiembre de 2013

Relatos: Sesha





Una cadena de favores permitió al doctor acceder directamente a Sesha. La cita tendría lugar en un apartamento de la zona de Embajadores, a las once en punto de la mañana. El invierno regaló un dia despejado. Llegó con veinte minutos de antelación, era escrupulosamente británico para las citas. Aprovechó para resolver un recado pendiente en una ferretería y preguntó a una viandante por una floristería. Eligió una hermosa flor de pascua y regresó a buen paso para tocar el timbre a la hora fijada. Le recibió Santiago,  con el que había mantenido varias conversaciones previas por email y teléfono, dentro una chica y un chico conversaban con Sesha que se levantó a saludar. Los anfitriones ofrecieron un  té especiado que degustaron lentamente mientras se desarrollaban las presentaciones. El doctor pidió permiso para grabar la conversación, lo obtuvo sin problemas, al poco ya estaban metidos en harina. La intención del encuentro era rescatar propuestas de la tradición Vedanta Advaita para la sanación, en especial el desarrollo de una presencia con atención plena anclada en el momento presente. Como dos buenos tenistas los contertulios establecieron un diálogo de gran profundidad. Sesha lo hacía muy fácil, estaba completamente presente sin hacer ningún tipo de esfuerzo. Acogía las preguntas y emitía sus respuestas con suavidad, sin buscar la razón ni el triunfo dialéctico, tan solo estando y dejando que su propio presente respondiera. El doctor no era un ingenuo ni un neófito. Llevaba muchos años navegando en altura los rigores del silencio interior, conocía las aguas. Pero era consciente que había mucho mar más allá de lo que él conocía. Necesitaba mas cartas de navegación para poder rescatar a muchos de los náufragos que todas las semanas llegaban a las arenas de su consulta. Sesha le indicó con cortesía que no había mapas, que todo era mucho más sencillo, que bastaba con estar presente y volver a éste contínuamente como las olas que baten la orilla, dado que nuestra naturaleza nos despista a menudo.

Las dos horas y media pasaron en un suspiro, al final de la conversación ambos notaron que sus cerebros habían bailado bien, las miradas, los silencios, las palabras habían sido armoniosas. Finalizaron el encuentro grabando tres pequeños vídeos. Tras lo cual el doctor se despidió dando sinceramente las gracias y con el corazón lleno de una alegría mezclada de profunda gratitud. Bajó las escaleras despacio, sintió la caricia del sol en la mejilla. Se sabía muy afortunado, había hablado con un despierto, eso era un enorme privilegio en los tiempos que corren.





(Dedicado a Juana Talavera, en el dia de su cumpleaños :)