miércoles, 9 de julio de 2014

Tormentas de verano











No hay verano, por árido que sea, que pueda plantar cara a una tormenta, que pueda mantener su sequedad cuando el cielo se abre.

Los seres humanos también tenemos nuestros desiertos y estíos, nuestros tiempos de aridez. En ellos, casi sin anuncio y de forma casual, aparecen, de tarde en tarde, tormentas de verano que refrescan el alma. No cabe duda de que vagamos despistados, seguramente podrán decir de nosotros aquello de "Corrían tanto que se olvidaron de vivir". Eso nos lleva a la sequía irremisiblemente. Cuando uno se olvida de regar su jardín interior se queda sin flores.

La tormenta de verano nos recuerda el poder de la frescura, la belleza del agua en su encuentro con la necesidad. Lo grande del asunto es reconocer que los garantes del sentido de nuestra vida somos nosotros, nadie más. Si tú no se lo encuentras nadie lo hará por tí. Proveer el agua que nuestra verdadera naturaleza necesita es prioritario. Hay que comer y beber pero también cuidar los silencios, asombros, ilusiones y lo que nos hace sonreír, cada cual a su manera y según su necesidad.

Las respuestas las tenemos delante, si no somos capaces de verlas habrá que preguntarse si nuestros ojos están cerrados.