martes, 19 de agosto de 2014

Relatos de verano: Muerte de una avispa




Le gustaba comer a la sombra de su terraza en el jardín, la temperatura era muy agradable y la vista a los parterres de rosas, árboles frutales y la pradera de césped relajante. En cuanto olían la comida aparecían las avispas, era inevitable. Había optado por depararlas la mínima atención de la que era capaz. De ese modo no le arruinaban los almuerzos. Aquel día el rico plato de carne en salsa atrajo un buen número de ellas que se centraron en la cacerola apartada. Una de ellas ascendió por el cucharón para después caer de repente en la mesa quedando boca arriba. No era un movimiento habitual, algo pasaba. Resistió el impulso de aplastarla con la botella de agua, ahora que era presa fácil, y se quedó mirando. Las patas se movían como hacen las de un escarabajo panza arriba, también las antenas. Estas fueron las primeras en detenerse, luego en unos pocos segundos progresivamente todas las patas. El abdomen hizo una última contracción y el insecto quedó inmóvil, había muerto. Fue un desenlace limpio y breve, como seguramente sean los de estos seres. Sencillamente se apagan.