lunes, 29 de junio de 2015

Hoja de ruta hacia una necesaria revolución sanitaria




En Occidente hemos complejizado la asistencia sanitaria en grado superlativo. Como consecuencia los sistemas sanitarios se han hecho ingobernables política, económica y estructuralmente. Montones de expertos y sabios tratan de teorizar sobre el mejor modelo o ruta a seguir sin poder ofrecer los suficientes argumentos o evidencias. No voy a hablar de estructuras. Me gustaría centrarme en otro nivel para tratar de responder la pregunta: ¿es posible desarrollar una asistencia sanitaria diferente?

El primer paso precisa considerar las definiciones de salud y enfermedad. El hecho es que pese a vivir en sociedades desarrolladas la gente se siente cada vez mas enferma e incómoda pese a que los indicadores de salud digan aparentemente lo contrario, ¿qué está pasando?. Pareciera que el ritmo de vida ha cambiado lo que la gente entiende y experimenta como salud/enfermedad que de dos términos académicos opuestos se viene a vivir de una forma continua, incluso imbricada. Nos puede servir de ayuda la imagen oriental del tao representado como un circulo que contiene el ying y el yang como dos gérmenes complementarios blanco y negro que a su vez contienen un pequeño círculo en cada uno de color contrario. Esto explica perfectamente que salud y enfermedad son dos manifestaciones de una misma realidad, la vida humana; y que cada uno contiene en cierta forma a su opuesto. El paradigma maniqueo occidental no consigue convencer a muchos ciudadanos ya que un 30 por ciento terminan consultando otro tipo de terapias que no ofrecen respaldo científico, pero sí saben proporcionar una visión más amplia y acorde con lo que la persona experimenta.

Por otro lado la sociedad de mercado ha aplicado sus leyes a esta esfera, y tanto la salud como la enfermedad, han pasado a ser objetos de consumo con sus correspondientes mercados, productos y mercaderes. La salud es negocio, pero la enfermedad lo es mucho más. Asistimos a grandes presiones que convierten en enfermos a los que antes eran sanos, medicalizados el embarazo, el parto y la crianza. Los más pequeños pasan a ser sujetos de "programas del niño sano" que les obliga a mantener un contacto habitual con el sistema sanitario. Inventamos enfermedades para poder vender los correspondientes tratamientos, y al llegar al final de nuestros días, algunos explotan el filón de la cronicidad y la decrepitud. Si se atreven a darse un paseo por cualquier residencia de ancianos sabrán de lo que hablo.

Los sanos cada vez se sienten más enfermos y los enfermos mas desvalidos. No es un horizonte muy tranquilizador. La sobrecarga de información sobre salud y enfermedad no da precisamente calma a los que se asoman a internet para tratar de tranquilizar sus dudas al respecto. La atomización social hace que tampoco sea fácil encontrar a alguien cercano que atienda nuestras quejas de salud y nos serene. Estamos obligados a acudir a enormes sistemas sanitarios que cada vez son mas complicados de alimentar.

Estos sistemas de sanidad industrial son organismos con muchas partes diferenciadas desde enormes hospitales a pequeños consultorios. Lo que suele ser una constante es el agobio al que están sometidos sus profesionales. Cada vez más presión para sacar adelante más trabajo con menores remuneraciones.

Cada vez han de enfrentarse a situaciones clínicas y humanas más complejas. Muchos sanitarios están mal, el desgaste profesional (burn out), los problemas psicológicos y signos de desplome como las adicciones, la desmotivación y la desidia son cada vez más frecuentes. ¿Hay alguien cuidando a estos profesionales? No. Los jefes y gestores sanitarios están muy entretenidos con los indicadores, tablas y hojas de cálculo que deben presentar a sus superiores para justificar su permanencia en el despacho correspondiente. No hay mucho tiempo para hablar con los profesionales. Muchos usuarios lo perciben cuando acuden a un servicio sanitario abarrotado, "hoy ni me miró", "no me hacen ni caso", " están a por uvas"... Con frecuencia salen de la institución sin sentirse plentamente escuchados.

Como vemos, el grado de complejidad es máximo en una situación que aúna ciudadanos con una percepción creciente de malestar, profesionales cada vez mas sobrecargados y agobiados y estructuras sanitarias cada vez mas enormes y con menos capacidad de adaptación. La tormenta perfecta. ¿Para quién? Pues ya se lo pueden imaginar, "a río revuelto ganancia de pescadores", que en nuestro caso son los lobbies tecnológicos, químico-alimenticio, farmacéutico y del sector seguros. Aquellos que se están haciendo de oro vendiendo productos y servicios para un mercado en expansión y universal, dado que la enfermedad y la muerte alcanzan absolutamente a todo el mundo.

¿Qué alternativas tenemos como ciudadanos y sociedad?

Si no hacemos nada las fuerzas del mercado seguirán empujando para desmembrar los sistemas sanitarios públicos y convertirlos en organizaciones con ánimo de lucro. Si los fondos de capital riesgo pasan a dirigir hospitales y centros se pueden imaginar que lo harán por dinero, lo que terminará saliendo bastante más oneroso al ciudadano.

La ciudadanía puede hacer algo fundamental: tomar conciencia. Como ven la reflexión que les planteo es sencilla y cabe apenas en un folio. Merece la pena hacerla, habida cuenta de que la sanidad consume un tercio de lo que pagamos en impuestos y de que su gestión nos puede tocar mucho más el bolsillo. Los ciudadanos tienen la posibilidad de ser más críticos frente a la presión de un mercado que los manipula tratando de convertirles en enfermos y reivindicar su capacidad de promocionar la salud y gestionarla de forma autónoma e independiente, minimizando los contactos con el sistema sanitario a los impresicindibles.

Los profesionales sanitarios tenemos la responsabilidad de velar por la salud de nuestros conciudadanos y para esto también hace falta lucidez. No nos podemos permitir delegar el timón en la organización que nos contrata si esta dirige el barco directamente al iceberg. Es fundamental tomar las riendas de nuestro propio autocuidado, y ser muy críticos con todo producto y servicio sanitario que no ofrezca suficiente beneficio al paciente. Así mismo será fundamental trasladar conocimiento y visión crítica a la sociedad para que esta no sea tan dependiente del sistema sanitario y de los discursos de miedo que el político de turno esgrima en su provecho.

El sistema sanitario es una construcción social, serán pues las sociedades quienes determinen sobre qué valores construirlos. Es posible edificar sobre la solidaridad y la justicia o sobre el individualismo y el ánimo de lucro. En cualquier caso, conviene recordar que cuando estamos realmente enfermos toda ayuda es poca y todo ahorro escaso.

Como médico asistencial atiendo pacientes todos los días y trato de hacer lo posible para mejorar su salud y aliviar la enfermedad. Escribir y reflexionar tal vez no tengan la potencia de un buen analgésico o una buena cura pero intuyo que es un complemento que tal vez algún paciente agradezca.


Artículo publicado en Gaceta Sanitaria.

2 comentarios:

Juan F. Hernández Yáñez dijo...

Excelente análisis, Salvador, aunque echo de menos propuestas, siquiera conceptuales, no solo filosóficas, menos aún meramente exhortativas, de un nuevo, realmente nuevo, escenario. Me temo que en la "ecuación" sanitaria actual hay unas pocas, pero poderosas, variables independientes que condicionan el resultado global dejando poco márgen de libertad y que las "variables dependientes", siempre pendientes de lo que "sobre" en los platos de los ricos (y que o no quieren serlo... o se habitúan a serlo y les da igual), se sienten incapaces de poner sobre la mesa algo más que vaguedades teóricas, desconectadas de la realidad, para que los reguladores entiendan que es esencial desbaratar los mapas actuales (prácticamente iguales a los de hace 50 años) y crear otros nuevos con menos fronteras. Si le añades el gañanismo de la clases dirigentes, incapaces de ponerse de frente contra los poderes fácticos, creo que el futuro es distópico. Aunque los pesimistas a veces nos equivocamos.
Variables independientes: políticos, industria, hospitales, médicos.
Fuerzas necesariamente emergentes: agencias reguladoras, tercer sector, atención comunitaria, enfermeras. O sea, lo que apenas existe (y ni se sabe si quiere existir)
Perdón por el rollo, un saludo y gracias por estar ahí.

Doctor Salvador Casado dijo...

Gracias Juan F. por tu comentario.

Al final en sanidad pasará como en economía, cuando tengamos el cambio delante todos dirán que ya lo habían predicho...