jueves, 5 de noviembre de 2015

La verdadera crisis atañe a nuestra forma de relacionarnos con el mundo








Existen muchas formas de relación. Cada cultura y dentro de ella cada persona tiene las suyas. Unas se basan en el respeto, otras en el interés. Hoy prevalecen las segundas. El interés vertebra la mayor parte de nuestras relaciones con los demás, con el entorno, con el planeta... y con nosotros mismos. El problema que afrontamos hoy es el hecho de que la nueva religión económica entroniza la maximización del interés como valor máximo, lo que pone en segundo lugar todo lo demás, incluyendo los derechos humanos, la ecología y el sentido común. Maximizar el beneficio personal lleva de la mano cierto perjuicio para los demás, es una cuestión de matemáticas. Por esta razón los medios de comunicación no paran de mostrarnos casos de personalidades públicas que meten la mano en la caja común ó se venden a todo tipo de corrupciones. No puede ser de otra forma dado que son un mero reflejo de la gran mayoría social que constituimos. La supervivencia individual siempre ha tenido una buena dosis de egoísmo, de búsqueda del propio beneficio pero no ocurre igual a nivel grupal.donde el altruismo ó la búsqueda del bien común son valores imprescindibles. La individuoalización máxima que vive nuestro mundo civilizado está erosionando la relación altruista ó de respeto con la vida. Si comparamos la capacidad de interacción equilibrada de los americanos precolombinos de las praderas con la voracidad de las empresas que deforestan el Amazonas ó la generación de guerras en África sufragadas con diamantes comprobaremos que la situación actual no es sostenible. Tampoco en lo personal. Mucha gente expresa un fondo de malestar sicológico que no sabe atribuir a nada concreto. Bajos estados de ánimo, ansiedad, stress, agobios múltiples... acompañados de la impotencia para poder verbalizarlos con alguien ó desahogarse de alguna forma significativa. La trama social de la familia extensa y las relaciones de proximidad se ha erosionado. Cada vez tenemos más interacciones de comunicación, servicios ó productos que intercambiamos por dinero. La complejidad social nos hace más dependientes de los demás en un marco dominado por el mercado y las relaciones económicas que este delimita. No sirve de mucho autocastigarnos por nuestro aparente materialismo, egoísmos e individualismo. Las causas son complejas y no sirve de mucho fustigarnos. Lo que sí parece interesante es tomar conciencia del enorme valor de nuestras relaciones y de la importancia de nuestro modo de relacionarnos en general, uno de los programas conductuales personales más valiosos. Como todo programa es susceptible de reprogramación en el caso de que lo consideremos subsidiario de mejora. Una de las formas más sencillas para hacerlo es mediante la reflexión basada en preguntas, algo que ya usaba con éxito Sócrates hace bastante tiempo. Adelanto algunas cuestiones que puedan complementar las suyas:

¿Qué necesito verderamente de los demás y del mundo?, ¿y de mí mismo?, ¿Cuáles son mis verdaderas necesidades?

¿Puedo ajustar mi vida para adecuarla a un patrón de consumo y requerimiento de recursos más sencillo?

¿Tengo tiempo para relacionarme con los demás de una manera equilibrada y satisfactoria para mí?

¿Y para dedicarme a mí mismo/a?


La lista podría ser más larga pero lo dejaremos aquí. Pequeños cambios cómo aprender a disfrutar paseos semanales al aire libre, buenas conversaciones ó simplemente sonreír un poco más pueden tener efectos tangibles en nuestro modo de relacionarnos y adaptarnos al entorno. La salud no es más que un buen horizonte de adaptación a nuestro alrededor. Sanar, por lo tanto, tiene que ver en parte con cómo nos conseguimos relacionar, por eso como médico no puedo dejar de recordarlo.