viernes, 29 de enero de 2016

Acordándome de mis maestros






Quien me conoce sabe que me siento orgulloso de ser medico de familia. No es sencillo explicar bien este sentimiento, agridulce, feliz y doloroso por momentos. 

El acercamiento a la persona enferma, sufriente o preocupada que hacemos, dentro de una relación en el tiempo que nos ofrece mucha información indirecta, es de los mejores que la ciencia médica permite. Por otro lado, la limitación de medios y tiempos obliga a desarrollar pericia y arte para no devenir en autómata o quemarse en el intento. También es posible encontrarse con colegas excelentes que uno descubre no son precisamente los que cumplen todos los protocolos y ordenanzas. Hoy estoy pensando en dos de ellos, Mercedes Pérez Fernández y Juan Gérvas, que aprovechan su jubilación para seguir inspirando a muchos de nosotros con una energía, alegría y determinación que ya quisiéramos disfrutar. Tener el privilegio de cruzarte en la vida con personas así ayuda a dar sentido a muchas cosas. El ejemplo en lo profesional se suma al de vida y eso, como todos sabemos, tiene enorme valor. 

No me hace falta compararme con otros, algunos me incitan pero no haré caso. Sé que en otros destinos y servicios se vive mejor, se obtiene más reconocimiento o se reciben mejores recompensas. Me permitirán que siga ocupando mi puesto en una consulta de turno de tarde en un pueblo de la sierra madrileña. Tengo mucho que hacer, y ganas de enfrentarlo. Mucho que aprender y que escuchar. Lo seguiremos haciendo lo mejor que se pueda, dejando algún retazo en manojos de folios que en ocasiones comparto dentro de botellas verdes, como esta, que lanzó al mar deseando que lleguen a buen puerto.