domingo, 10 de enero de 2016

Relato dominical: La tertulia










Los primeros años en la universidad me regalaron momentos memorables. Uno de ellos tuvo lugar en la calle Encomienda de Madrid dónde vivía Klaus, uno de mis mejores amigos, que con el tiempo llegaría a ser un reputado neurocientífico. Se celebraba esa tarde una fiesta-tertulia a la que habíamos sido invitados un exclusivo grupo de ilustres promesas en diferentes campos. Recuerdo que llegué acompañado de dos esculturales amigas por lo que fui cordialmente recibido. También recuerdo con precisión la cara de asombro que se les puso a los presentes cuando hice entrega al anfitrión de mi regalo. No era preceptivo llevar ninguno, dado que no se celebraba cumpleaños u onomástica alguna, pero me hizo ilusión llevar algo original. Avancé el brazo y le hice entrega de un ladrillo que me tomé la molestia de coger en una obra cercana. Klaus lo aceptó con incredulidad y tras observarlo un instante lo puso en un lugar de honor de la sala. Al poco ya lo habíamos llenado de velas y objetos imposibles que lo transformaron en un altar de culto. La tertulia versó sobre lo divino y lo humano y al finalizar mis acompañantes me seguían mirando con incredulidad por lo que habían vivido esa tarde. Ambas venían de esferas alejadas a ese mundo bohemio y disruptor. Les dí por respuesta una sonrisa, nunca más volvieron a estas tertulias pero sé de seguro que mientras vivan no olvidarán semejante velada.