martes, 15 de marzo de 2016

No siempre ganan los buenos



Darth Maul, personaje malo malísimo de la saga Star Wars.




Desde que somos niños nos comen el coco con historias donde ganan los buenos pese a que en la vida estemos hartos de ver lo contrario. Con la salud pasa lo mismo, hay muchos intereses vendiendo productos que anuncian que la película acaba bien. Picamos una y otra vez. Probamos un remedio, luego otro. Desesperados llegamos a tomar cosas que sabemos que no tienen efecto. Pero algo irracional dentro de nosotros, alimentado por esa programación infantil, nos vuelve a hacer caer.

El problema es que nos cuesta reconocer que los malos son los mismos que los buenos, que a fin de cuentas ambos somos nosotros. Cuando dejemos de tener miedo a nuestra propia sombra dejaremos de huir de una vez.

Esa toma de conciencia suele tener lugar en el lecho de muerte pero es posible hacerla antes. Nos ahorraríamos mucho dolor si así lo hiciéramos. Quizá nos vaya mejor si viéramos menos superproducciones y contempláramos  y reflexionaráramos un poco más.






2 comentarios:

Guillermo dijo...

Voy a lanzar una hipótesis: todos tenemos en nuestra mente ideal una percepción clara de dicho mundo (donde los buenos ganan, las cosas se hacen bien, el esfuerzo tiene recompensa, y se suman las fuerzas en comunidad), y al mismo tiempo todos tenemos en nuestra mente real una percepción clara de este mundo (donde los pillos que hacen daño a veces ganan, las cosas a menudo se hacen mal, el esfuerzo a veces no da frutos, y nos ponemos obstáculos unos a otros).

Percibir la distancia entre ambos mundos (la brecha entre cómo deberían ser las cosas y cómo son) duele, como duele una herida (que separa sus bordes).

El dolor es mayor cuanto más grande sea la distancia entre ambos mundos (una madre perdiendo a un hijo, o el fracaso de una buena idea en la que uno ha invertido mucho), pero también la emoción de lágrimas de alegría es mayor cuando una gran herida se cierra (cuando alguien se salva de una muerte anunciada gracias a un acto heroico, o cuando un anónimo ciudadano es reconocido y tratado por la vida como merece, recibiendo un premio enorme...).


Pues bien: nuestra vida es un continuo proceso de toma de decisiones para cerrar las heridas entre ambos mundos. A pequeña escala, utilizamos maniobras que armonizan ambos hemisferios cerebrales (la nicotina, la música, el movimiento alterno de las piernas al caminar o de las mandíbulas al masticar, la conversación, que es el proceso de formar palabras concretas a partir de ideas difusas...). Y con eso vamos tirando. Pero a veces la herida duele más de lo habitual (injusticias demasiado grandes que producen rabia, o pérdidas demasiado dolorosas) y entonces tenemos tres alternativas:

1. Apagar nuestros ideales: hacer que nuestro cerebro idealista, el que tenemos desde la infancia, se haga más duro, "madure", y deje de hablarnos...

2. Refugiarnos en paraísos artificiales: "engañar" de un modo casi disociado al cerebro ideal dejando de mirar a la realidad, mediante un sucedáneo de ese "mundo ideal", sumergiéndonos en obras de ficción, o en drogas, o en objetivos vitales pueriles...

3. Cambiar la realidad: recuperar la calma que se pierde al sentir el dolor (mediante las maniobras de armonía que citaba más arriba) y después, con calma, plantar bien los pies en la realidad para caminar en dirección al horizonte de ideales. Eso supone lucha, claro que sí. Pero merece la pena.

Doctor Salvador Casado dijo...

Efectivamente Guillermo la vida nos va regalando heridas según avanzamos por ella. A la consulta médica llegan de todos los tamaños. Hoy nos enfrentamos a nuevos retos. Hemos creado una sociedad del "bien-estar" que resulta ser tóxica y punzante en muchos aspectos pero cuyas aristas no se ven bien camufladas como están por esa capa de supueto confort. La gente quiere apaños no soluciones. Algo que le solucione su dolor de hoy no la causa del mismo. Recordar que no siempren ganan los buenos tiene que ver con saber que en ocasiones no podemos zafarnos del todo de una angustia, una pérdida o una emoción mal digerida.

Aprender a explicarlo es un arte, que urge rescatar.