jueves, 24 de marzo de 2016

Salud-arte

Los médicos nos hemos alejado de la sociedad. La complejidad de nuestra ciencia y la de nuestros pacientes nos mantienen enrocados en un rincón del tablero de ajedrez que constituyen los tiempos modernos. Es cierto que hay excepciones pero, díganme si conocen a algún facultativo que recomiende leer poesía o la escriba él mismo, que defienda la utilidad terapéutica de asistir a conciertos de música, teatro o dar largos paseos por el bosque.

Desde las tribunas a las que puedo asomarme trato de recordar que la promoción de la propia salud es responsabilidad de cada cual por mucho que sea lícito tener señores en despachos pensando en cómo mejorarla. Eso que llamamos "hábitos de vida" es lo que más condiciona el nivel de salud y enfermedad de cualquier ciudadano. El verdadero reto está en reconocer el verdadero significado de la pizca de malestar que irrumpe en nuestra vida con la forma de un dolor de espalda, debilidad, insomnio o digestiones pesadas... en lugar de correr al sistema sanitario a buscar un remedio que lo haga desaparecer sin más. 






Crear un sistema en el que cada vez es más difícil diferenciar quién es susceptible de ser cuidado y quién lo es de facilitar cuidados puede resultar demente. La obra El invernadero de Harlod Pinter, actualmente en cartel en el teatro Abadía de Madrid, nos hace esta propuesta de la mano de prestigiosos actores como Gonzalo de Castro, Tristán Ulloa, Jorge Usón, Isabelle Stoffel, Carlos Martos, Javivi Gil y Ricardo Moya, dirigidos por Mario Gas. Cuando los valores y las relaciones profesionales de una institución se oxidan se puede esperar cualquier resultado. Les animo a participar en esta propuesta, si se atreven con las pinceladas de terror de este montaje.

Creo pertenecer a la rama de la profesión médica que, como he expuesto, defiende las humanidades desde el convencimiento de que más que un lujo son una necesidad básica para nuestra naturaleza y, por ende, para nuestra salud. Como este punto de vista es el opuesto al de la corriente política predominante en nuestro medio y al pensamiento único que asola el planeta, insisto en la urgencia de su rescate. 

No puedo demostrar que leer una novela de Manuel Vilas, un poema de Rafa Cofiño, escuchar al tenor Víctor Sordo o solazarse con Johan Sebastián Bach mejoren la salud. Lo que si que convendrán conmigo es que todos frecuentamos lugares y artistas con la capacidad de alegrarnos el animo, inspirarnos o hacernos más llevadera la carga que portamos. Cada cual habrá de cultivar su propio jardín y descubrir lo que le salva. No tengo claro que esta función deba recaer en la enfermera, doctora, psicóloga, coach, counsellor o lo que ustedes quieran. Pero cuando alguien nos llega a consulta maltrecho por la explotación laboral que padece, el desencuentro con su pareja, la soledad extrema y otras catástrofes debemos escuchar, acompañar y proveer caldo de pollo para el alma a la par que atendemos las heridas y rasguños. 

Por estas razones siento imperativo escribir y atreverme a ver las cosas bajo distintos ángulos. La capacidad narrativa y artística de los profesionales sanitarios está tristemente infrautilizada. No se trata de ponernos a hacer talleres de teatro en los centros de salud sino de desarrollar más creatividad con las personas que a ellos acuden para potenciar su autocuidado, gestión personal, relaciones y adaptación a las circunstancias. ¿Nos atreveremos algún día?