martes, 25 de octubre de 2016

Higiene mental y emocional


-->Washing handsFoto de  Joeri van Veen

Debo confesar que me gusta barrer. Es una actividad sencilla, cotidiana, que permite mantener limpias las superficies habitadas. No hace falta una especial destreza ni se precisa alta tecnología, basta con una escoba y un recogedor. Algunos prefieren aparatos eléctricos o robots automáticos, en mi caso no son necesarios. He optado por la forma manual que me permite acariciar el suelo con precisión, incluso en los rincones o filos más inaccesibles. De este modo obtengo casi siempre un buen botín de polvo y pelusas que deposito triunfal en el cubo de la basura. Pocos saben que la mayoría de lo recogido son restos epiteliales de los habitantes de la casa. Como otras muchas cosas, algo tan profano tiene bastante de sagrado. Disponer adecuadamente nuestras cenizas nos evita vivir rodeados de inmundicia y suciedad que es lo que ocurre cuando olvidamos nuestras obligaciones.

Me sorprende que en un mundo que adora el aspecto físico y mantiene un importante culto al cuerpo se obvien actividades de higiene y cuidado tan importantes como las derivadas del manejo de residuos. La tasa de estreñidos que no son capaces de regular adecuadamente su producción de deshechos sólidos es altísima. La frecuencia de incontinentes urinarios incapaces de mantener un ritmo adecuado en sus fluidos también es elevada. Y del nivel de higiene doméstica, que como hemos visto tiene mucho que ver con nuestra propia piel, mejor no hablamos.

Ahora bien, quiero dar un paso más y considerar la higiene mental y emocional. ¿Barremos a diario nuestra mente? ¿Lavamos con frecuencia nuestras emociones? En cuanto al ámbito mental baste decir que lo solemos tener muy contaminado. Pasamos el día recibiendo información excesiva, publicidad intrusa, quejas de todos los tamaños y noticias terribles. Todo ello aderezado de un mordaz ruido de fondo de muchos decibelios. Nos pasamos el día rumiando pensamientos que nos preocupan o agobian que luego intentaremos digerir lentamente al igual que hace la vaca en sus incansables estómagos. Es verdad que dormimos y el sueño es una ayuda para tirar de la cadena pero me temo que en muchas ocasiones no es completamente suficiente. Mantenemos un alto nivel de suciedad mental cuyo olor nos molesta tanto a nosotros como a los que están cerca.

De la parte emocional podemos decir cosas parecidas. Estamos acostumbrados a recibir con buena cara las emociones agradables y nos desesperamos por la rapidez en que estas desaparecen. También a cerrar la puerta a las desagradables, escapando de ellas a la carrera, proyectándolas en quien tengamos más a mano o haciendo ímprobos esfuerzos para mantenerlas metidas en enormes armarios. Salir del armario o simplemente abrirlo es una de las cosas más difíciles como todos sabemos. La gran mayoría los mantiene sellados con llaves y candados lo que al final se suele revelar enteramente inútil dada la gran volatilidad emocional, ya que todo gas inestable escapa por cualquier rendija y es capaz de explotar allá donde se encuentre. De hecho preferimos doparnos con psicofármacos o buscar formas tóxicas de evasión  antes de acometer la sencilla labor de abrirlos y ventilarlos. Negar, proyectar, desplazar o guardar son las maneras más comunes con las que nos relacionamos con nuestras emociones incómodas. Estas no tienen más remedio que acumularse fuera de la vista para surgir más grandes en la siguiente oportunidad de manifestarse. Al tener una cualidad explosiva sabemos de sobra lo que pasa cuando su tamaño es considerable, la explosión nos hace perder el control y quema todo lo que toca. Estas deflaciones son responsables de muchas de las dolorosas quemaduras que todos arrastramos.

Caminamos pues por la vida con nuestras bodegas llenas de suciedad y las paredes cubiertas de cicatrices. Para muchos la existencia es cuanto menos inhóspita y hostil  tizna el color de las gafas con las que vemos el mundo de un velo cetrino y macilento que hace que las formas pierdan su brillo y su gracia.

Se imaginan que recuperásemos la facultad de lavar nuestra mente y nuestras emociones a diario. Que fuéramos capaces de refrescar el alma de una manera similar a cuando nos lavamos las manos y la cara...

No existe un único sistema de higiene personal. Como su propio nombre indica es un hábito privado que cada cual acomete a su modo. Tal vez podamos avanzar alguna generalización. Al igual que ocurre con nuestro cuerpo, cuando nos acostumbrarnos a lavarlo a diario ya no podemos omitir la costumbre sin sentir una pesada incomodidad. De igual modo la higiene mental y emocional necesita ser incorporada a las rutinas diarias. El agua que lava ideas y emociones se llama consciencia. Las ideas y emociones dan vueltas dentro de nosotros hasta que son tomadas en cuenta. Al verter en ellas plena conciencia conseguimos que sigan su camino por el sumidero psicológico al dejar de ser necesarias.

La música puede ser una buena opción para suavizar o transformar estados de ánimo y serenar ideas pesadas. Para que cumpla adecuadamente su función se recomienda su disfrute en directo ya sea produciéndola o escuchándola de un músico o grupo que tengamos delante. Basta con cantar un rato en la ducha o tararear, o tal vez cantar con otros, basta detenerse un momento a observar a un músico callejero, la magia de la música nos alcanzará rauda. Si no pudiera ser optaremos por reproducirla en algún formato que tenga la suficiente fidelidad y a ser posible dedicando atención a su disfrute y no como un ruido de fondo más.

El silencio es otro interesante reconstituyente que nos permite prestar atención a lo que bulle por dentro. Suele ser accesible y combina bien con la naturaleza. Un paseo por un parque o un bosque, por un sendero o un camino tranquilo nos ayudará a sedimentar el agua turbia que a menudo contenemos consiguiendo aclararla.

El contacto físico es uno de los medios más potentes de higiene mental y emocional, tanto al recibirlo como al proveerlo. Si alguna vez han acariciado lo sabrán. Y funciona incluso con animales de compañía. No importa la edad ni el estado mental, tanto los bebes como los ancianos demenciados agradecerán la magia del contacto físico, y nosotros, adultos atribulados, lógicamente también.

La comunicación de calidad es otra buena ayuda. Expresar lo que estamos pensando o sintiendo es enormemente liberador. Si tenemos un interlocutor seremos afortunados, si no lo tenemos siempre podremos escribir. La escritura es un milagro que aprendemos en la infancia y relegamos casi al olvido en nuestra vida adulta, máxime ahora que tan solo escribimos con pulgares textos mínimos plagados de horribles iconos (y faltas de ortografía) para usar menos palabras si cabe. Al escribir y al hablar convertimos en palabras lo que pensamos y sentimos. Reproducimos la magia de transformar lo que nos pasa en narraciones y estas son mucho más fáciles de vivir y entender, por eso nos gustan tanto las historias ajenas. Cuando somos capaces de relatar la propia, por muy oscura o rigurosa que sea, nos liberamos un poco de la misma al conseguir crear una pequeña distancia que suele ser suficiente para ver fuera de nosotros esos fantasmas, sombras y agobios que en la bruma interior nos causan zozobra e inquietud.

Si no conseguimos un interlocutor otro curso de acción es buscar ayuda profesional. Los psicólogos son excelentes profesionales con capacidad de escucha, ayuda y orientación. No nos sacan de nuestros problemas pero nos colocan en la mejor posición para que seamos capaces de salir de ellos. En el pasado la gente acudía al pastor o sacerdote que también ejercía estas funciones, hoy su papel sigue existiendo pero ha perdido el peso que tenía antaño. Otra posibilidad es acudir al centro de salud y hablar con nuestro médico o enfermera, en este caso la limitación la pone el tiempo. Los médicos van siempre deprisa y en nuestro medio solo tienen seis minutos por paciente, los días buenos. No es fácil resumir nuestro problema en tan poco tiempo y la multitud en la sala de espera tampoco se lo pone fácil al facultativo.

Por último me gustaría acordarme de tres amigos que suelen ser de gran ayuda para mantenernos limpios y lustrosos emocionalmente: el humor, la gratitud y el perdón.
Del primero poco que decir, un talante alegre con el don del sentido del humor es un bálsamo increíble para aliviar quemaduras internas y librarnos de pensamientos sombríos o pegajosos. La gratitud también ayuda a ver el vaso de la vida medio lleno y valorar las cosas que nos son dadas en su justa medida. Si somos capaces de agradecer algo nos quedamos con buen sabor de boca por haberlo recibido, cuando no es así la queja suele emerger tiznando nuestro espacio interior de un polvo negro difícil de limpiar. Y del perdón diremos que pese a no estar de moda sigue siendo una maravillosa posibilidad de liberación interior. Cuando perdonamos una falta no hacemos un favor al que la ha cometido, nos lo hacemos a nosotros por cuanto nos libramos de un lastre emocional de mayor o menor peso según valoremos la afrenta. Hay lastres capaces de amargarnos la vida y muchos cargamos con mochilas llenas de pesos que nos fue imposible perdonar. Hay una pedagogía del perdón que se ha olvidado,  pero que se puede rescatar practicando.

De niños nos enseñaron a lavarnos los dientes y las manos, actividades que nos acompañan en la vida y que nos ayudan a visitar poco al dentista y a padecer menos gastroenteritis, a la par que nos hacen sentirnos mejor. La higiene es algo útil y benéfico. Sin embargo a pocos nos enseñan a limpiar nuestros pensamientos y emociones, a mantener una mínima higiene a este nivel. Acumulamos dolor, pensamientos negativos y emociones tóxicas. Acumulamos suciedad y polución que contaminan nuestros jardines interiores al igual que hacemos en el exterior con nuestras ciudades y medio ambiente. ¿Qué pasaría si consiguiéramos mantener nuestro mundo interior más limpio? ¿Si aprendiéramos a reciclar las ideas y emociones de una manera correcta? Me temo que mientras no consigamos hacerlo con nosotros mismos no lo podremos hacer con el planeta, por una sencilla ley que dice que lo que nos hacemos a nosotros se lo hacemos a los demás. Algún dia en las familias se ayudará  a los niños a reciclar una pataleta o un enfado mal llevado en una acción, o a reconvertir un pensamiento sombrío en un dibujo. Me gustaría pensar que caminamos hacia ello. Nos jugamos más de lo que pensamos.





2 comentarios:

Ramon Casals dijo...

Amic Salvador,
Avui t'has lluit. Et segueixo cada dia, i avui m'han enlluernat.
M'ha encantat la teva elegia epopèica i com ho relligues tot.
Una abraçada,
Ramon Casals

Anónimo dijo...

Muchas gracias, doctor. Este texto me ha ayudado.
Mis mejores deseos,
RG