lunes, 25 de septiembre de 2017

La llamada telefónica más esperada





Muchos amantes de la tecnología esperan con ilusión que sus marcas favoritas lancen el último modelo de teléfono movil. Un aparato que reunirá lo más avanzado del mercado y ofrecerá nuevas prestaciones y mayor potencia comunicativa. No importa que su precio sea descabellado y se asemeje al de una motocicleta, serán muchedumbres las que se pongan en lista de espera o hagan cola para adquirirlo.

La necesidad de contacto y comunicación del ser humano es enorme. También su sed de aprender. Por eso somos tan fáciles de engañar. Los ordenadores, tabletas, móviles y demás gadgets ofrecen un enorme caudal de información unido a una gran capacidad de transferir mensajes personales; ambas cosas son enormemente adictivas. Además se han creado redes sociales que consiguen hacernos sentir acompañados. En consecuencia las relaciones virtuales permiten que aumentemos potencialmente el círculo de conocidos hasta el infinito, dentro de la seguridad relativa que ofrece la distancia. Hemos llenado nuestras vidas de espejismos.

De este modo pasamos el día rodeados de caros aparatos y teléfonos, como esperando una importante llamada que no llega. Todos conocemos esa sensación. Alguna vez hemos aguardado con ganas que nos llamara alguien con noticias, un novio, una amiga, los padres, los hijos, el jefe confirmando un ascenso... Y también conocemos la desesperación cuando esa llamada no llegaba.

Por muy avanzado que sea nuestro teléfono hay una conferencia a larga distancia que no podrá hacer jamás y que paradójicamente es la más importante de nuestra vida, la que llevamos años esperando. Todos deseamos profundamente esa comunicación de quien nos conoce mejor y nos quiere más, pero no termina de llegar.

En el pasado se edificaron enormes edificios, se crearon delicadas obras de arte, se compusieron músicas sublimes para facilitarla. Incontables personas buscaron formas y caminos, trataron de enseñarlos, se hicieron grandes esfuerzos por conseguir comunicar mediante largos puentes dos orillas alejadas.

La llamada que llevamos tanto tiempo esperando es de nosotros mismos. Más concretamente de esa parte profunda, auténtica, delicada y transcendente que nos forma. Esa zona sagrada donde reposa una fuente de vida que produce paz y serenidad a quien la bebe. Habitamos mundos profanos que carecen de esa calidad de agua. Nuestros deseos nos piden bebida de continuo pero no quedan saciados. Aunque nos endeudemos al comprar ese coche de lujo o nos hipotequemos para vivir en una preciosa vivienda, nunca tendremos suficiente.

Hace miles de años los poderosos del mundo antiguo iban al oráculo de Delfos a consultar sus dudas vitales. Conseguían su respuesta previo pago y de propina se llevaban un consejo: "conócete a ti mismo". Es decir: habla contigo, establece contacto contigo, haz tú esa llamada que tanto llevas esperando.

Si el movil de marras que todos desean garantizara poder comunicarse con uno mismo merecería sin duda el capital que cuesta. Afortunadamente no es preciso hacer ningún dispendio, basta con darse cuenta de que es urgente aprender a relacionarnos con nosotros de otra forma. El primer paso es prestarnos atención, atender qué sentimos, pensamos, experimentamos y necesitamos. 

Esa escucha debería ser respetuosa, sin juicio, paciente, abierta y generosa. Debería poder acoger todo aquello que oiga, tanto las luces como las sombras, en especial estas últimas que habitualmente nadie cura ni consuela debidamente. Sería deseable que desplegara compasión y pudiera así aliviar todo lo que permanece oculto y encerrado por no haber sido capaces de procesarlo debidamente en su momento.

La grandeza de poder encontrarnos así con nosotros es que nos permite hacer lo mismo con el resto. Solo de esta manera nuestras relaciones y servicio a los demás tendrán verdadero valor.

Una de las mayores causas de sufrimiento humano radica en la incapacidad para que nuestras partes sacras y profanas se conozcan. No es necesario que el altísimo te llame al móvil. Basta con atreverse a mirar en la propia oscuridad. Incluso allí brilla una luz, que no procede de nosotros, capaz de dar sentido a nuestra vida. Quien la conoce deja de caminar a oscuras.


viernes, 22 de septiembre de 2017

Antonio Gamonal opina sobre #MédicoDescalzo

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 Foto: trailer de la película Blade Runner 2049





        He tenido la fortuna de poder leer antes de su distribución “Diario de un médico descalzo” de Salvador Casado y me atrevo a decir que  tanto su  titulo, que ya nos indica la disposición del autor, como todo el libro están teñidos de una agradecida sinceridad. El autor no engaña, no pretende enseñar nada pero sí invita a reflexionar e investigar sobre uno mismo y su servicio al otro. Tampoco se eleva del suelo, no levita, pero sí con las manos abiertas desnuda los principios éticos y filosóficos de la práctica cotidiana de un galeno curioso y sensible; siempre  en busca de la conexión “humana” con sus pacientes a través de una comunicación abierta y tranquila que solo esgrime el límite del respeto mutuo. Nos sumerge así en una búsqueda continua del “arte” de la sanación a través de la comunicación profunda con las personas que a diario acuden a su consulta y muestran su preocupación e intimidad en la confianza de ser escuchados y ayudados en un centro sanitario público.

Con un lenguaje sencillo, el apoyo de experiencias personales en su desarrollo como médico de familia y metáforas sugerentes, incluidos “zombis” de por medio, el doctor Casado acerca al lector y lectora a una práctica “humana”, espiritual y cercana del profesional de la salud sin que por ello este abandone ni un ápice el necesario rigor científico en su quehacer cotidiano.

Lectura sugerente por necesidad para cualquier lector ya que cualquier persona habrá pasado por el rol de paciente y habrá vivido “en sus carnes” muchas de las situaciones que narra; por otro lado, necesaria para los profesionales de la salud entendida esta como ya la definió en su día la OMS un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedad” eso sí distanciándose del probablemente utópico “completo bienestar” y atendiendo a la conciencia y aceptación y límites de la realidad y sufrimiento de cada persona en sus contextos vitales.

Interesante es la invitación a convertir nuestro trabajo en arte, este obliga al artista a seguir los senderos de su disciplina pero a la vez lo libera y estimula su experiencia como creador; camino que puede convertir nuestro oficio en pasión  y desafío por el saber y por la práctica de las sanación en sí misma amortiguando el lógico desgaste profesional y personal de la continua fricción con una realidad de personas que sufren y enferman. Como el mismo indica, todo un desafío lleno de belleza tejido “en el hilo de Ariadna de la creatividad”.

No falta la crítica y la autocrítica en busca de un sistema sanitario más holístico, integral y “humano” que conjugue de forma armónica unas bases éticas y científicas. Siempre eso sí confiando y animando al profesional en tomar conciencia de una realidad que aunque insuficiente de atención y recursos se ofrece lo suficientemente hermosa como para encontrar en ella la ilusión y pasión por el trabajo con y para el otro. Y decimos “con” porque acertadamente el autor señala ese protagonismo clave de la propia persona para ser el motor del propio cambio a través de la consciencia plena de su emociones, discursos internos, y relaciones con los otros, de sus propios automatismo y estilos de vida. De, como el señala, no acabar siendo un “zombi” o “un vampiro”, tóxico y dañino para él y los demás con los que convive.

Por último mencionar su valiente y profunda incursión en uno de los temas marginados de nuestro sistema, la muerte. La atención y acompañamiento en los últimos momentos de la vida es un espejo que nos refleja nuestro propio deterioro y fin, por eso a veces resulta tan esquivo y difícil para el profesional. Salvador nos invita a abordarlo como un elemento más de la propia vida, como un ejercicio de aceptación de nuestros límites y del desafío de nuestra existencia que bien abordado nos encamina a un mejor aprecio a la vida y a la preparación de un “buen morir”.

Dar las gracias, pues,  a este “médico descalzo” por compartir sus reflexiones profesionales de otra manera, sin lenguajes técnicos, sin adoctrinamiento y sin alinearse a esta o a aquella filosofía. Al leer su libro descubrimos un profesional interesado en ayudar e implicarse desde el espacio comunicativa con el otro. Así se muestra su libro, como una sincera y abierta comunicación con el otro.



Antonio Gamonal
Psicólogo
Área de Servicios Sociales,
Ayuntamiento de Villalba

martes, 19 de septiembre de 2017

¿Qué puede hacer un médico ante la desesperanza?








La realidad en las consultas de atención primaria es compleja. En seis minutos se ha de dar respuesta a lo que el paciente plantea, pero en muchos encuentros hace falta mucho más.

No voy a pedir más tiempo ni más recursos.

Tampoco una reforma de la sanidad.


Yo ya no pido nada.



Tan solo me doy cuenta de que el dolor está ahí mismo, el sufrimiento, el horror, la desesperanza...


Y que aunque cambien las caras, la tempestad es la misma para todos.





¿Quién estará ahí cuando seas tú quien navegue esas aguas?