viernes, 20 de enero de 2017

La huida.



Fugue Back
Foto de  Kirtap Novar




Es frecuente querer escapar. Pregunten a cualquiera si le apatecería marchar lejos de vacaciones. Miren sino cómo van las carreteras que salen de la ciudad los fines de semana. Algo nos dice que estamos atrapados y es necesario huir. Una parte animal primitiva y no totalmente anestesiada nos avisa de que no estamos bien. Hemos estabulado nuestros instintos y deseos. En lugar de querer trotar libres por los campos, coger manzanas de lo árboles o perseguir la lozanía de un congénere decidimos meternos en edificios de oficinas, ganarnos un jornal y dedicarlo a pagar la hipoteca o comprarnos un coche. Cualquiera que nos vea en la distancia se dará cuenta de que nos han estafado. Por eso soñamos con huir. Un piloto rojo sigue avisando en nuestros sueños animándonos a irnos lejos, a dejar todo atrás. En ocasiones conseguimos escapadas parciales. Usamos el tiempo reglamentario de vacaciones para hacer un viaje real o para retirarnos al silencio y la belleza de la naturaleza sin caer en las trampas del turismo activo que nos mantiene en la misma tempestad de movimientos con que nos condena inmisericorde la ciudad. Lo habitual es caer en estas trampas que disfrazadas de viaje nos obligan a adoptar la mecánica mercantilista del touroperador de turno, el ritmo aciago del megacrucero o la ciudad de vacaciones que es exactamente igual a la nuestra pero con playa y chiringuitos. 

La verdadera huida, el verdadero escape, no está muy lejos. Consiste en abrir los ojos y mirar con atención de nuevo. Consiste en resituarnos colocando bien los dos pies en el suelo. Consiste en darnos cuenta de quién somos y qué es lo que realmente queremos. Es cierto que no es fácil, rodeados como estamos de tanto ruido, publicidad, anuncios y esa terrible agitación que parece amenazar el universo conocido. Pero también que es potencialmente accesible a todos. No se precisa dinero, ni formación exclusiva ni de llave o tarjeta de crédito. Tan solo de parar y contemplar con plena atención tanto el mundo que nos rodea como a nosotros respirando. Hay mucho poder en tomar conciencia de la respiración. Algo tan sumamente simple es quizá lo más valioso que tenemos. Tape un instante con su mano los orificios de su nariz y sabrá de qué hablo. Recuperar nuestra respiración nos ayudará a recuperar nuestro propio ritmo, nuestro pulso, nuestra calma natural inherente. Todo estaba ya ahí: la paz, la tranquilidad, el equilibro, el sosiego, la armonía y el gozo. Es verdad que tapado por capas de agitación, prisa, tensión, agotamiento y zozobra. Por estratos de cosas por hacer, músicas de fondo y gritos y empujones. Soplar sobre esa pátina de polvo para recuperar la superficie impoluta de nuestra alma nos ayudará a volver a nosotros mismos en lugar de a seguir escapando de nuestro propio hogar. La verdadera salud está por aquí. No hace falta mucho para volver a ella como ven, pero no lo tendrán fácil, muchos querrán venderles cosas innecesarias que no necesitarán comprar si son soberanos de si mismos. Merece la pena perseverar. Somos libres para vivir como reyes de nuestro propio reino o como esclavos en tierras ajenas, elijan bien.

1 comentario:

Julio González dijo...

Muy buen post, Salvador. Yo suelo hacer un rato de meditación antes de entrar a trabajar, sobre todo cuando tengo guardia. Y no es nada complicado como tú dices: simplemente sentarte en un lugar cómodo, con la espalda recta y concentrarte en la respiración. Y se puede hacer prácticamente en cualquier lugar y en cualquier momento, a pesar del ruido y la furia que nos rodea.
Un abrazo.