jueves, 7 de abril de 2016

Medicina insostenible






El verdadero problema que afronta la medicina no es la insostenibilidad económica de sus servicios cada vez más caros, complejos y diversos. Tampoco la sobrecarga de sus profesionales y las altas tasas de fatiga crónica que estos padecen. Es algo más simple, una sencilla cuestión matemática. Un estudio reciente estima que solo el 4% de la población mundial está libre de enfermedad. Como es fácil deducir es materialmente imposible proveer los recursos suficientes para que el 96% restante, que es mucha gente, vuelva a disfrutar de una salud completa.

El paradigma médico actual es probablemente el mejor que hayamos tenido en toda la historia de la humanidad. Los avances que el método científico ha permitido condujeron a medicinas y tratamientos con poder para curar y aliviar muchas enfermedades. ¿Dónde está pues el problema? a mi entender es una cuestión semántica. El problema radica en la misma capacidad del sistema sanitario para definir lo que es salud y lo que no lo es. En la posibilidad de nombrar y crear palabras que definen nuevas enfermedades, nuevos factores de riesgo, nuevas formas de no estar sanos. En la balanza sanitaria solo hay una palabra en el platillo de la salud mientras que en el de las enfermedades cada vez hay más. Tantas que consiguen etiquetar a la inmensa mayoría de la población como no sanos.

Esta situación se asocia a una menor tolerancia social a la adversidad en los países más desarrollados y a una pérdida de soberanía personal en los autocuidados. Cada vez dependemos más de agentes y servicios externos para cuidar nuestra salud. Cada vez acudimos más al sistema sanitario solicitando una pastilla que nos quite el dolor de espalda por no ser capaces de llevar un ritmo de vida que nos libere de tantas horas de silla. Cada vez llevamos más a nuestros hijos al pediatra por no saber qué hacer cuando tienen mocos o un poco de fiebre.

Esta insostenibilidad semántica precisa de soluciones semánticas, ideas que devuelvan sentido a los ciudadanos y ayuden a tomar conciencia de lo que está pasando y de que es posible hacer las cosas de otra forma. Creo que habrá situaciones que todos entendamos son de enfermedad: un ataque de apendicitis o una neumonía son buenos ejemplos. Pero tal vez tener poco pelo o ser un niño inquieto no lo sean. Creo que el sistema sanitario seguirá siendo fundamental para ciertas situaciones pero habrá que trabajar para que los determinantes sociales de la salud y los estilos de vida que emanan de los mismos se pongan del lado de la saludable de la balanza y dejen de estar en el de la enfermedad.

Conseguir que la salud sea un valor sostenible depende de esta toma de conciencia. Será necesario que la compartan tanto la ciudadanía, como los profesionales sanitarios y los gestores y políticos. Hasta que no veamos con claridad lo importante que son nuestras relaciones personales, nuestra forma de movernos y alimentarnos, el modo en el que vivimos la semana no podremos hacer los necesarios ajustes que cada cual  necesite para mejorar su cuidado personal y el de los que le rodean. No es una cuestión teórica más. En este punto es preciso una toma de conciencia que nazca de la propia experiencia, si mi forma física es mala, si mi forma de alimentación es deficiente con toda probabilidad mi cuerpo proteste y me sienta cansado, apesadumbrado, incómodo o claramente molesto.

Empezar a dar un largo paseo a la semana en un parque o un bosque puede ser revolucionario. Dedicar algunos minutos más al almuerzo para degustar mejor y paladear al máximo el alimento también. Permitirnos una conversación de calidad con alguien de nuestra confiaza puede alegrarnos el día, como mirar las estrellas con nuestras noches. Dicen algunos que es importante vivir la vida más despacio, otros que hacerlo con más atención nos favorece. Me atrevo a sugerir que tal vez si nos atrevemos a gozar un poquito más conscientemente de algún aspecto nos sea posible conseguir cambios que nos ayuden a sentirnos mejor. La salud suele hallarse en esa dirección.